29 de enero de 2016

Otra baraja que se mezcla

Otra etapa que tiene que cerrarse, fue corta pero intensa, intensa hasta el punto de que volvió a hacer caer mis estructuras. Pero como siempre que eso pasa, hay que volver a poner todo en su lugar, volver a encontrar el centro y armarme de nuevo. Hay muchas cosas donde apuntalarme, ya no tengo un par de estantes flojos, ahora tengo brazos que me ayudan a mantenerme en pie y volver a encontrar mi propio soporte.

Esto no quita que sufra el cierre, si no lo sufriese habría algo que no estoy haciendo bien. Otro aprendizaje en mi mochila para que me acompañe en el ser humano que soy, en el camino de ser un adulto. Porque crecer duele, pero más duele ser un eterno Peter Pan que no logra mirar hacia adelante y seguir caminando, que se niega a entender que la vida está llena de cosas buenas y malas, pero que todas por igual son parte de la experiencia de disfrutar la vida. 
Todas las experiencias son pinchazos para probarnos que aún estamos vivos. 

6 de octubre de 2014

Desvaríos de un lunes por la tarde

Cuando uno tiene unos días sin trabajar, aunque se esté cursando en la facultad, es más fácil encontrar momentos para el disfrute. El problema es la vuelta a la rutina. El día 1 después de las vacaciones la verdad que me está matando. El trabajo es como una mala relación: cuando uno se pelea, al mes extraña a su pareja y recuerda todas las cosas buenas, se produce el reencuentro, la reconciliación y apenas 2 días después recordamos que cortamos porque era un desastre! La nostalgia solo nos hace recordar las cosas buenas, se olvida de las malas.
No es que mi trabajo sea malo, me gusta el rubro en el que estoy, dentro de todo me gusta la empresa en la que estoy, pero todo tiene sus altibajos. Y el mayor altibajo para mí es el desorden. Lo tengo bastante disimulado, pero puedo llegar a ser muy obsesiva, y pasar tantas horas al día en un lugar desorganizado me estaría empezando a afectar. No hablo solo de un desorden físico, que lo hay, sino también de algo estructural. Me encanta trabajar en una empresa donde somos pocos, nos conocemos entre todos y la política es de puertas abiertas porque casi no tenemos puertas, pero en este tipo de estructuras hacen que muchas cosas recaigan sobre poca gente, y en mi afán de mantener todo organizado, suelo sobrecargarme más de lo que debería. Y aunque no lo haga a propósito, las circunstancias no me dejan otra opción.
Conclusión: necesito encontrar formas para que esto no me afecte, para no estresarme, porque en definitiva esto es un trabajo lo que tiene que preocuparme realmente son cosas de mi propia vida.
¿Consejos? Escucho.

Sábado por la noche



Si, estos locos lindos son mi disfrute del día sábado (un poco atrasada, pero mejor tarde que nunca). Le pedían foto a la tía solamente para hacerse los locos y salir así... Y bueno, tienen a quien salir! 

4 de octubre de 2014

Tan simple como esto

Mi disfrute del día de ayer fue haberme sentado a escribir en este blog, haberme sentado a escribir, punto.
Es algo tan básico, algo que me saca tan poco tiempo, pero que sin embargo cajoneo siempre. Ojo, que sea básico y rápido no significa que sea fácil. En general cuando tengo una idea en la cabeza del estilo blog, es algo que fluye directo al teclado, sin tiempos muertos en el medio. Obvio que es muy distinto cuando intento escribir ficción, mi mayor lucha.
Recuerdo cuando tuve la oportunidad de asistir al taller de escritura, nos daban todas las semanas consignas para que usemos de base para cualquier tipo de texto que queramos escribir. Al principio llevé creaciones al estilo blog, microtextos los llamaba el profesor. Pero la idea, el desafío, estaba en poder escribir cuentos. Costó pero salió, antes de terminar las clases había logrado escribir un cuento de 3 carillas, muchísimo para alguien acostumbrada a la brevedad de una entrada. Algún día volveré, por ahora me quedo contenta con mis pequeñas entradas, mis pequeñas ventanas a mi día a día, sin demasiada vuelta, sin demasiada técnica, así como salen.
Por ahora, y como siempre, este blog es un pequeño gran disfrute para mí.


3 de octubre de 2014

En tiempos difíciles, estrella polar


Él es un placer que a veces olvido que lo es, porque lo llevo a todos lados, metidito en mi celular, sale de vez en cuando en un modo aleatorio, o porque me tiento de tenerlo cerca. A veces me olvido de lo que me genera, hasta que de golpe me acuerdo, y lo disfruto como uno de mis mayores placeres.
Él me contó al oído la frase de mi primer texto, me dijo que últimamente andaba perdida, que me vencían viejos fantasmas, pero también me dijo que sucede que a veces algo te eriza la piel y te rescata del naufragio.
Me enseñó que los peces no tienen memoria a largo plazo, y que lo que más humanos nos hace es luchar contra el olvido, alejarnos de la posición de peces desmemoriados.
Y hoy me cuenta sobre el paso del tiempo, sobre las cosas que perdemos, sobre lo que fuimos, lo que somos, aquello que alguna vez soñé con tener y hoy ni siquiera añoro.
Él sigue siendo uno de mis mayores placeres, el hombre que me canta al oído cada mañana que el vértigo se apodera de nuestras vidas de manera inexorable, que todos soñamos con huir al sur para empezar de nuevo, que para absolutamente todo la excusa más cobarde es culpar al destino.
Él siempre me recuerda que no estaré sola.

1 de octubre de 2014

Haciendo del disfrute algo diario

Hoy tuve la oportunidad de vivir una experiencia que me llenó la cabeza, me llenó el espíritu, me energizó de manera completa. Hoy pude participar del TEDxRiodelaPlata 2014. Para quienes no sepan de que se trata esto, el concepto básico es que TED es un movimiento que se dedica a difundir ideas (http://tedxriodelaplata.org/%C2%BFqu%C3%A9-es-ted). Así como suena, así de sencillo, difundir ideas. ¿Ideas sobre qué? Sobre cualquier cosa, lo importante es que en charlas de entre 9 y 14 minutos, distintas personas hablan sobre un tema para abrir la cabeza de quienes los están escuchando. Puede ser sobre una problemática, puede ser una experiencia de vida, puede ser un hecho científico. Lo importante es sentarse y escuchar, abrir la cabeza y dejar que las ideas fluyas. Porque fluyen, si bien es una charla unilateral, un monólogo (con alguna esporádica participación del público), las ideas salen del orador y quedan dando vueltas por la sala, nos entran por un oído, se estacionan en nuestro cerebro, se despiertan un rato, dan una vuelta por ahí y no nos abandonan.
Hubo una cosa que me quedé pensando hoy, y no tiene que ver con ningún tema que hayan tratado en las charlas, y es cuanto tiempo le dedicamos al día, cuanto tiempo le dedico yo, a hacer cosas que nos gratifican, que disfrutamos realmente. O sea, yo trabajo de lo que me gusta, por suerte, y eso me hace feliz, pero llega un momento que uno hace todo de manera tan automática y cotidiana, que deja de darse cuenta de los buenos momentos que eso implica. ¿Hace cuánto que no festejo cubrir un puesto? Y cuando festejo, además de hacerlo porque el cliente se queda contento, ¿no debería alegrarme por haberle conseguido trabajo a alguien? ¿no es esa en definitiva la razón de ser de mi tarea?
Más allá del trabajo, que es a lo que me enfrento a diario, ¿qué más hago en mi día porque realmente disfruto haciéndolo?
Así que quizás esta es una iniciativa, no quiero prometerles ni prometerme nada, porque el tiempo es tirano (como dicen en la tele), pero ojala pueda cumplir tomarme un momento de cada día para hacer algo que me haga feliz, y trataré de documentarlo por acá para guardar testimonio.
Muchas otras ideas me quedaron dando vueltas de la experiencia TEDxRiodelaPlata, si alguna se concreta, seguiré informando.

27 de junio de 2014

16 añitos fiera

¿Se acuerdan de esa sensación de la adolescencia de que el mundo es algo que nos podemos llevar por delante y que no hay nada que nos detenga?
Yo la recuerdo de refilón. Para cuando me llegó la adolescencia, la vida me estaba pasando por encima como un tornado, y lejos me dejó de la tierra de Oz. Sin embargo llegué a vislumbrar un atisbo de esa sensación, de esa idea joven de que las reglas las pone uno y todo es posible.
Hoy todavía tengo una reminiscencia de eso, una necesidad de sentir ese rush, esa adrenalina, de juntar esas fuerzas para sentir que nada me derrota y nunca nada lo va a hacer. Pero será por la edad, la cultura, o por mis propios prejuicios, algo me dice que estoy grande para eso, que tengo que poner los pies sobre la tierra y acotarme a lo que la realidad me presenta. A mi edad ya no se cuenta con esa protección omnipresente de los padres, que nos hace sentir que no importa lo que pase, todo va a estar bien. No existe la clara imagen de que todo lo que tenemos por delante es la vida, y lo único que tenemos que hacer es empezar a transitarla.
Mis pies se mueven inquietos, quieren caminar, correr, liberarse, soltar anclas, que les salgan alas. Pero mi cabeza les impide elevarse, les dice que ya no están para estos trotes y que tenemos que aprender a vivir con lo que nos toca. Las ansias de sentirse todo poderoso, de que todo escollo es solo eso, un objeto en nuestro camino, nada que no podamos soltar o sortear.La necesidad de sentir que mis fuerzas son mayores que la gravedad de la realidad que me rodea.
Las imperiosas ganas de volar.


7 de junio de 2014

Historias sin fin

Llega un momento en que uno se cansa de lo que es y quiere ser, y lo único que desea es dejar caer la armadura, quedar desnudo, expuesto, débil, frágil y ser derrotado en el intento. Es un pensamiento derrotista, pero once in awhile nos llega a todos esa idea. Especialmente a quienes somos exitistas. Llega un momento que se nos terminan las ganas de correr, de triunfar o buscar triunfar, de poner siempre nuestra cara de buenos amigos.

No es que lo hagamos de manera consciente ni mucho menos que esté mal que lo hagamos. Me tomó mucho tiempo encontrar mi propia paz y hoy por hoy mi mayor careta es contra la gente negativa, con la gente que lleva una nube sobre sus cabezas todo el tiempo y no la quieren dejar ir. Y la única manera de mantener alejada a esa gente es siempre brillar, siempre tener una sonrisa más grande que logre espantar los nubarrones ajenos. Pero bueno, esa no es una postura que uno pueda mantener todo el tiempo, requiere esfuerzo y compromiso. Requiere levantarse todos los días y reconfirmar nuestras decisiones de vidas, aquellas según las cuales dejamos atrás los días oscuros y solo dejamos entrar la luz. Reconfirmar que estamos donde queremos estar, que esto es lo que queremos ser, y que nadie puede derrotarnos, salvo nosotros mismos.

Es fácil decirlo, y algunos días es muy fácil hacerlo. A veces no es tan sencillo y las energías se agotan tratando de mantener todas las pelotas flotando en el aire.

Hace mucho que no usaba esa metáfora... Hace mucho que no me sentaba a pensar en cuantas pelotas estoy tratando de mantener flotando en el aire... Quizás sea hora de dejar que algunas caigan, que se hagan terrenales, que dejen de flotar para tocar el piso, crear raíces, darme solidez.

23 de abril de 2014

Time after time

Todos los días me despierto con la absoluta convicción y determinación de tener un buen día, de tomarme las cosas con calma, de no dejar que nada me afecte. Todos los días, inexorablemente, rompo con mis propias promesas y me dejo abatir, dejo que algo me golpee tan duro que al final del día me siento derrotada, cansada. Es un cansancio físico, mental, emocional, que me deja tirada, ahí donde caiga, con la única finalidad de juntar nuevas fuerzas para intentarlo al día siguiente de nuevo.
Pero a veces no es suficiente, a veces los golpes diarios son demasiados, me quedo con la necesidad de encontrar una salida definitiva, una puerta que se abra al desahogo, a una sanción de alivio que todavía no sé hallar. Las ideas quedan en ideas, las intenciones se chocan con la realidad, y yo sigo acá, dando vueltas en círculos, buscando eso que "sucede que a veces" que canta Ismael, aquello que "te eriza la piel y te rescata del naufragio". Pero yo sigo acá, buscando algo que me permita expulsar mi angustia, llevarla al plano de lo real, que me haga llorar y desagotar el nudo en la garganta.
Tendrían que existir recetas para esto, sí, recetas mágicas, soluciones magistrales que den un poco de sosiego y paz.
No es mucho lo que pido, ¿no?

29 de noviembre de 2013

Las voces en su cabeza



Como cada lunes entró al taller literario, listo para poder disfrutar de esas dos horas donde sentía que su creatividad se liberaba. También como cada lunes se sentó en uno de los extremos del salón. Esa decisión no tenía una explicación aparente, pero había tomado la costumbre de sentarse por la misma zona clase tras clase, y nunca había considerado romper con la rutina. Para hoy tenían que leer “Asterix, el encargado”, de Fabián Casas, cuento que le había resultado muy entretenido, especialmente el entrelazado de historias que realizaba el autor, como un laberinto de ideas que avanzaban sin llegar a ninguna salida. Sin embargo no era la lectura asignada su parte favorita de los encuentros, sino el momento en que iban leyendo uno a uno las producciones individuales. Disfrutaba de igual manera escuchando lo que sus compañeros habían escrito como leyendo lo propio. Esto último implicaba una caricia para su ego, normalmente desinflado y poco alimentado. Ese lunes el profesor le pidió a Juana que empiece. Ella era una de esas chicas a las que uno no les da una segunda mirada, que la primera vez que la conoce la encasilla en la misma categoría que a las amigas, hermanas o primas lejanas, sin tomarse el tiempo de volver a catalogarla quizás más adelante. Y lo mismo pasaba con sus textos, si bien él no se consideraba un crítico literario ni mucho menos, los cuentos de Juana le resultaban “bien”, ni fu ni fa. Pero un poco por respeto, otro poco por rutina, se dispuso a escuchar atentamente el cuento que ella estaba por leerles.
Todo sucedió sin que siquiera lo planearan.”, comenzó la clara y monótona voz. La frase le resultó familiar, quizás había alguna similar al inició de uno de los tantos libros que llevaba leídos en su vida. “Gustavo y Sofía se conocieron por obra del destino, sin saber que el destino lo habían construido ellos”. ¿Otra frase familiar? No podía ser, no recordaba ningún texto ajeno cuyos protagonistas se llamaran así, pero de algún lado conocía aquellas líneas. En su pupitre tenía una carpeta con todos sus escritos hasta el momento y tratando de no llamar la atención del resto empezó a revolver entre las hojas, quizás ahí encontraría la respuesta. “Él se despertó esa mañana con la extraña sensación…”.
- Momento. – Pensó – No puede ser, ¿eso no lo escribí yo anoche?
Siguió buscando entre sus papeles, pero no encontró el texto al que, estaba seguro, pertenecían esas líneas. Llegado este punto, ya no podía disimular su contrariedad, oía las palabras salir de la boca de Juana, pero en lugar de escucharla a ella, resonaba en su cabeza su propia voz, reviviendo el mismo momento en que había escrito el texto. Aunque, ¿lo había escrito él, o estaba alucinando? Levantó la vista, la pasó a lo largo del aula y vio en la cara de sus compañeros como se maravillaban de la historia, la fascinación con la que seguían el relato, los gestos ante cada vuelta del argumento. Y mientras tanto Juana seguía leyendo con su voz monocorde y precisa, sin ningún tipo de entonación, lo mismo que si leyera un salmo en la misa. Era un insulto que lo leyera con esa falta de cadencia, era un texto que a él le despertaba tantas emociones, que le parecía tan vivo, que merecía ser cantado, más que leído. El cuento estaba inspirado en un suceso real, o para ser más precisos, en una historia propia que no fue, en una de esas relaciones que empiezan como si fuesen a ser para toda la vida y terminan como si acá no hubiese pasado nada. Sin embargo, en el cuento, se había encargado de que sus protagonistas tuvieran una chance de ser felices, de tener ese final que él no pudo.
Nuestro ultrajado autor se devanaba el cerebro tratando de entender lo que pasaba, recordaba cada palabra con exactitud, no podía ser un error, pero ¿cómo había llegado esta mujer a conocer un texto escrito apenas una noche atrás? ¿Y cómo se atrevía a leerlo como propio? Ninguna de las respuestas que se planteaba tenían sentido, sin embargo esto le estaba pasando realmente, a él, que el único pecado que había cometido fue el de creerse, cada lunes, mejor que Juana. Es que, admitámoslo, nunca fue mejor que nadie en nada, y esas dos horas de supremacía intelectual le producían una satisfacción suficiente para no sentirse mínimo el resto de la semana. Y sin embargo esa noche la gloria le estaba siendo arrebatada y no sabía cómo detener la caída. Si gritaba en ese momento “¡Ladrona!”, todos iban a creer que estaba loco, porque en definitiva quien tenía el texto en las manos era ella, a él solo le quedaba el recuerdo de su creación, no más. Fue entonces, mientras decidía qué hacer, que la paranoia se apoderó de su mente. Si esto lo había escrito anoche, en la soledad de su cuarto, ahí donde nadie entra porque no hay nadie para dejar entrar, ¿cómo había llegado a manos de Juana? La única explicación es que ella lo estuviera espiando, acechando, quizás fuera una de esas maniáticas que salen en las series policiales de moda, que persiguen a alguien en cada uno de sus movimientos, para finalmente asesinarlo en la oscuridad.
El sonido de las palabras llegó desde algún lugar del aula a su cerebro, que intentó conectarse con la realidad al captar que el cuento iba llegando a su fin. Palabra por palabra se iba formando el último párrafo, y al momento del punto final levantó la vista hacia Juana. Y ahí estaba ella, con la mirada clavada en la suya, esperándolo. Entonces la escuchó, una voz resonaba dentro de su cabeza, como si fuera parte de sus propios pensamientos y se fue adueñando de cada rincón de su conciencia. No lograba identificar las palabras, eran como murmullos, siseos, sonidos inconexos, pero estaba seguro de que era una voz y no podía sacarla de su cabeza. Mientras tanto la mirada desde el otro lado de la habitación lo tenía preso, en ella pudo ver todos sus miedos concentrados, desde el cuco escondido debajo de la cama, hasta el miedo a la muerte, pasando por algún auto pasando un semáforo en rojo y una mujer dejándolo. La mirada lo paralizaba, lo observaba sonriendo de forma maligna y peligrosa. Cuando creía que ese momento lo iba a dejar clavado en su asiento para siempre,  pudo entender, fuerte y precioso, lo que la voz clara y monótona de Juana le decía: “Por fin sos mío”.